Charla inaugural del Cardenal André Vingt-Trois, Arzobispo de París
Charla inaugural del Cardenal André Vingt-Trois, Arzobispo de París en la conferencia nacional de formación que se realizó el 21 y 22 de enero de 2006 en la parroquia de Saint Honoré d’Eylau en París, ante alrededor de quinientos responsables y animadores del curso Alpha.
Quisiera sugerirles algunas pistas de reflexión en cuanto a nuestra situación cultural y en cuanto a la situación de aquellos que intentan ser hoy testigos del Evangelio. Me parece que el desarrollo y la extensión de los cursos Alpha nos ofrecen elementos de análisis que quisiera participarles.
1. UN BELLO EJEMPLO DE ECUMENISMO PRÁCTICO
En esta semana de oración por la unidad de los cristianos, el primer elemento de reflexión que quisiera proponer se refiere al desarrollo del curso Alpha. Iniciado en una parroquia anglicana, se fue extendiendo poco a poco hasta alcanzar las comunidades católicas. Se ha convertido en un instrumento de trabajo y de acción que permite a católicos, protestantes y algunos ortodoxos compartir un cierto número de convicciones y de proyectos, aun si –evidentemente– cada uno los pone en práctica en la fidelidad a su propia Iglesia. Nadie ha pensado nunca que el curso Alpha podría ser una especie de laboratorio de “manipulación genética” que permitiría hacer surgir una nueva Iglesia interdenominacional.
Estamos, pues, viviendo una experiencia de participación fraternal entre las iglesias cristianas. Nosotros los católicos hemos recibido un aliento, una ayuda, un apoyo para ser más fieles a nuestra propia misión. Es un bello ejemplo de ecumenismo práctico que no necesita grandes justificaciones, con tal que cada cual esté perfectamente consciente de lo que hace: el Evangelio no se anuncia de la misma manera en la tradición católica que en las comunidades protestantes, pero es el mismo Evangelio, y es el mismo Espíritu. Éste es ya un motivo de acción de gracias. ¡He oído tantas declaraciones de que la división de los cristianos imposibilita el testimonio del Evangelio! Dado que, por una vez, estamos en posición de contribuir a este testimonio colaborando entre cristianos de iglesias diferentes, debemos hacer que esta etapa de nuestra fraternidad sea visible.
2. ALPHA TOCA A LOS QUE “VUELVEN A EMPEZAR”
El segundo aspecto que quisiera subrayar se refiere al punto de partida del curso Alpha. Corresponde exactamente a la situación de muchas parroquias católicas. Muchos hombres y mujeres se vinculan hoy a una tradición eclesiástica por vías muy diversas. La pertenencia a su iglesia, a la fe cristiana y al Evangelio la experimentan de manera muy desigual debido a las peripecias de su existencia y a los caminos que han recorrido. Al grado de que desde hace unos quince años se habla, en la pastoral católica, de “los que recomienzan”, las personas que están bautizadas, que tuvieron una cierta iniciación cristiana durante la niñez, o que vivieron una práctica cristiana sustancial pero que, debido a algún suceso en su vida, se alejaron no solamente de la práctica de sus comunidades cristianas sino, más profundamente aún, de su preocupación por la fe. La Palabra de Dios misma se fue volviendo progresivamente insignificante a sus ojos o a su corazón, no porque la menospreciaran sino porque dejó de tener sentido para ellos. Es una palabra que ya no les dice nada. No es una cuestión de traducción. En este sentido, es necesario desarmar la falsa creencia de que la Palabra de Dios es inaudible por ser demasiado complicada. Cuando alguien dice: “Hagan el bien a quien les haga mal”, no hay nada de complicado en ello; lo complicado es hacerlo, ¡no decirlo! Todo el mundo comprende muy bien lo que significa.
La libertad de Dios toca los corazones de un modo que desconocemos y que no podemos programar. Algunas personas encuentran en sí mismas no respuestas sino preguntas. Preguntas que no son específicamente religiosas, sino preguntas fundamentales de la existencia humana. La vida las confronta al nacer, al amar, al morir o en sucesos menos definitivos, como los problemas de relaciones humanas, de trabajo, de alojamiento. Surge un cuestionamiento y empiezan a buscar conatos (intentos) de respuestas.
En una cultura globalmente secularizada, en medio de una indiferencia casi generalizada, asistimos al surgimiento de la inquietud humana, en el sentido más profundo del término, no la simple ansiedad: “¿Qué será de nosotros?” “¿Hacia dónde vamos?” Esta inquietud no ha abandonado el corazón de los hombres. Gracias a una palabra escuchada, a un gesto, a una mano tendida, a un diálogo, a una atención particular, habrá quien se diga: “Quizás el Evangelio me dé una parte de las respuestas que busco; quizá valga la pena que vuelva a encaminarme.” Ellos son los que llamamos “los que vuelven a empezar”.
Ante la ocasión de volver a encaminarse se levanta una especie de pantalla, un foso, una barrera. Los interesados no necesariamente están dispuestos a dar un paso que les parece institucional o demasiado oficial para ir a hablar con un “profesional de la religión” que no es necesariamente el sacerdote, sino más generalmente alguien que está en la iglesia y recibe. No siempre nos damos cuenta de lo qué quiere decir para alguien que ha estado fuera de la comunidad cristiana desde hace diez, quince o treinta años el cruzar el umbral de una iglesia y tomar la iniciativa de buscar a alguien con quien hablar. Es un paso de considerables proporciones.
¿Con quién irán a hablar? ¿A quién le dejarán siquiera ver una u otra de las preguntas que tienen? ¿Quién será el Juan Bautista que les permitirá acceder a Cristo? ¿Quién será el discípulo que les dirá, como al ciego a la salida de Jericó: “—¡Ánimo! —le dijeron—. ¡Levántate! ¡Te llama!” (Marcos 10, 49).
Aquí se plantea la manera en que los miembros de nuestras comunidades cristianas están verdaderamente presentes en su mundo, no “su propio mundito”, sino en el mundo en que viven. ¿Cómo nos hacemos presentes a los demás? ¿Somos interlocutores habituales para aquellos que nos rodean, bien anclados en su vida, al punto de que haya la suficiente confianza establecida entre nosotros para que nos hablen de cosas que les parecen importantes? En otras palabras, ¿cómo nos envía Cristo para llevar el Evangelio en medio de los hombres? Cuando nos dejamos conducir por esta dinámica de presencia, de proximidad, de apertura, vemos que ello permite, en ciertos momentos, abrir una puerta, entablar un diálogo… Es precisamente en ese momento en el que el curso Alpha ayuda a ir más allá.
3. CONVIVENCIA Y ENSEÑANZA: UNA MANERA DE AVANZAR TODOS JUNTOS
Me gustaría reflexionar también sobre la forma en que los creadores del curso Alpha elaboraron progresivamente un método que reúne ciertos elementos que corresponden a las expectativas de muchas personas hoy. ¿Cuáles son esos elementos?
Un tiempo de convivencia, de acogida, una atmósfera que expresa la alegría de reunirse, o la alegría de conocerse. Es importante puesto que vienen personas tal vez no a la defensiva, pero sí al menos con mucha timidez y perplejidad. Para que conozcan la alegría del reencuentro es necesario que pongamos mucha de la nuestra, pues a nosotros nos toca crear ese ambiente, ese clima, ese sentimiento de fiesta, de la alegría de estar juntos.
Un tiempo de enseñanza durante el cual se recibe información. Entre los participantes del curso Alpha algunos son viejos cristianos que podemos decir que “se enfriaron”. Quedan algunas brasas y si les soplamos un poco acabarán por volver a encenderse, poco a poquito. Y también hay personas que lo ignoran todo. Para permitirles participar, hablar, escuchar, hay que darles claves para la comprensión, información sobre la fe cristiana, sobre la práctica eclesial.
Por último, en el transcurso del lapso de intercambio se da la oportunidad de percibir, más allá de la timidez inicial o las primeras dificultades, que todos estamos más o menos en la misma situación respecto al Evangelio. Por más que tengamos conocimientos o experiencias más ricas, más vivas, más fuertes, cuando nos ponemos verdaderamente frente a la palabra del Evangelio nos damos cuenta de que no estamos más avanzados que aquellos que no tienen esta experiencia o que no han vivido estas riquezas. El cuestionamiento que nos hace el Evangelio va tan al corazón de nuestra vida que en cierta forma siempre somos principiantes que estamos creciendo.
Como ilustración podríamos decir que en una caminata de un kilómetro el que da grandes zancadas y el que da pequeñas zancadas no llegan al mismo tiempo. Pero en una caminata de mil kilómetros la longitud de las zancadas no cambia gran cosa: todos estamos igualmente lejos de la meta. La actitud fundamental no es preguntarnos: “¿cómo voy a llevarlos a dónde quiero que lleguen?”, “¿cómo voy a hacer para que se adhieran a lo que yo creo importante?”, sino más bien: “¿cómo voy a recibir a estas personas?”, “¿cómo voy a recibir de su experiencia algo que nos haga avanzar juntos?”. En este último caso mi trabajo consiste simplemente en ayudarles a que de ellos salga lo que pueden aportar.
4. ¿RECICLAR CRISTIANOS O DIRIGIRSE A LOS QUE SON AJENOS AL CRISTIANISMO?
Hay otro punto que quisiera abordar para alentarlos, si es que lo necesitan… A veces escuchamos que alguien dice: “El curso Alpha está muy bien, pero no es realmente una obra misionera dado que el ochenta por ciento de las personas que participan ya son cristianas.” Lo que dije antes demuestra que no basta con tener el título para ser verdaderamente cristiano.
Más profundamente, si nos encontramos en esta situación es también porque nuestras comunidades cristianas no siempre están decididas a adoptar una actitud misionera. Entonces, ¿vamos a “especializar” el curso Alpha en el reciclaje, en poner al día a los cristianos? ¿O bien pensamos que el curso Alpha puede ser un lugar y una experiencia de descubrimiento de la fe para personas que no son cristianas? Según la respuesta que demos a esta pregunta, no invitaremos a las mismas personas. Podemos considerar el curso Alpha como una especie de catequesis para los que vuelven a empezar; es muy útil, es necesario hacerlo.
Pero si queremos tocar a otras personas debemos hacernos otra pregunta: “¿Puede el curso Alpha ser verdaderamente un primer contacto con la fe cristiana para personas que la desconocen por completo?” Si es el caso, tal vez haya que releer nuestra práctica, nuestra experiencia, e integrar este elemento. ¿Nuestra forma de actuar está en verdad abierta a esta categoría de personas, o bien está destinada exclusivamente a poner al día a los cristianos adormecidos? Según qué perspectiva elijamos no responderemos del mismo modo a la pregunta: “¿A quién podríamos invitar?”
5. ¿CÓMO INTEGRAR A LA VIDA PARROQUIAL A LOS QUE VIENEN DE ALPHA?
A medida que los cursos Alpha se van multiplicando, las parroquias ven llegar a nuevos cristianos, para los que la integración en la vida ordinaria de la parroquia no siempre es fácil. Para reflexionar sobre esta problemática resulta útil apoyarnos en nuestra experiencia de los neófitos: los nuevos cristianos que se bautizan y se confirman en la noche de Pascua. Ya vivieron uno o dos años, tal vez más, de un caminar muy comunitario, muy acompañado, muy sostenido por el catecumenado. La noche de Pascua es magnífica, todo el mundo está emocionado. En el mejor de los casos al domingo siguiente se organiza una pequeña fiesta, y luego ¡adiós! ¡qué les vaya muy bien! ¿Qué hacen? ¿Qué es de ellos? Una tentación que no siempre podemos vencer es que el grupo que llamamos catecumenado, el grupo encauzado a la preparación al bautizo, se diga: “Sigamos juntos.” Lo que equivale a que, en vez de introducir a la Iglesia, ¡estamos abriendo una nueva!
Si deseamos desarrollar otro tipo de relaciones es necesario que miembros de la parroquia ya estén presentes, en el grupo y en el curso, desde la integración de los nuevos cristianos. Dicho de otro modo, es necesario que estos últimos conozcan a alguien de la comunidad parroquial. Para construir la comunidad cristiana es necesario establecer lazos de persona a persona. ¡Esos lazos no pueden existir por decreto! Si queremos que la preparación para los sacramentos desemboque en una mejor práctica eclesial, es necesario que en el seno del equipo de preparación haya personas “que no hagan nada”, que no sean animadores ni estén en preparación, que sean simples interlocutores disponibles, compañeros disponibles. No siempre funciona, pero de esta manera se pueden establecer algunos lazos, algunas relaciones… Es la idea de los “asistentes” en el equipo Alpha; están simplemente ahí, sin hacer otra cosa en especial que no sea estar ahí para los participantes. Podrán ser un lazo con el resto de la comunidad. Ir a misa los domingos para un cristiano nuevo que no ha puesto nunca el pie en una iglesia o para el que no lo ha puesto desde hace quince años es un paso que cuesta mucho trabajo dar, muy difícil. Si no conoce a alguien en el lugar que lo reconozca, o que le pueda decir: “Paso por tí antes de la misa, y después podemos tomar un café juntos”, nos enfrentaremos siempre a las dificultades de la integración.
6. EL VÍNCULO DE ALPHA CON LAS DEMÁS ACTIVIDADES PARROQUIALES
Esto me lleva al último punto: no sólo necesitamos iniciativas variadas para el anuncio del Evangelio, también necesitamos manejar de manera positiva las relaciones de las iniciativas con el conjunto de la comunidad cristiana. Uno de los riesgos que corremos es la yuxtaposición de grupos de todo tipo que no tengan nada en común. Esto le permite al parroquiano del domingo dormir más a gusto: sabe que hay otros que se ocuparán de hacer lo que él no hace. Está contento porque, como suele decir, frecuenta “una parroquia con vida”. Se proponen actividades por montones, pero él no está para eso… Esto lo digo en relación con el curso Alpha, pero podría decirse de muchas otras actividades: hay que reflexionar en la superficie de contacto, es decir, en la capacidad de contagio de esos grupos en una asamblea que no necesariamente está preparada para ello.
¿Cómo facilitar la comunicación entre grupos y proyectos particulares y la asamblea parroquial? Debemos reflexionar en esto, en todo caso en la diócesis de París, con las parroquias que han instituido un curso Alpha. Junto con los párrocos de estas parroquias nos hemos hecho esta pregunta, ya que, por un lado, esta capacidad de contacto y de contagio depende también de la iniciativa del sacerdote. Puede limitarse a hacer las veces de mesonero tolerante que les ofrece el servicio mínimo: les presta un local con las llaves, la electricidad, el gas y el agua corriente, pero nada más. ¡Ya es mucho no tener que reunirse en la calle! Se podrían realizar los cursos Alpha en las plazas, pero la cena no sería lo mismo…
El sacerdote puede decir también: “En el fondo, puede resultarme útil.” Entonces, además de poner la sala a disposición, les enviará algunas personas, a las que dice: “A lo mejor este tipo de reunión les resulta conveniente.” Es un paso más. El paso adicional será que se pregunte, y muchos con él: “¿Qué es lo que esta experiencia que tiene lugar en nuestra parroquia ha producido alrededor de ella?” ¿No valdría la pena reunirse un día alrededor de una mesa y preguntarse qué es lo que Alpha produce? No nada más, dentro de la lógica interna del curso Alpha, que tiene sus propias redes de análisis, de reflexión, sino qué es lo que cambia en nuestro seno, en el estilo de la parroquia entera.
El párroco puede ser un mesonero benévolo, un mesonero alentador o un mesonero estimulante. Puede uno conformarse con constatar que unas cincuenta o cien personas de las que asisten a la parroquia realizan esta o aquella actividad. Es muy lindo, eso les hace mucho bien, están contentas y hacen un poco de publicidad aquí y allá entre sus amigos. Pero esto no se conecta con lo que otros hacen. O bien con esta experiencia se percibe que una dinámica se ha echado a andar. Tal vez en este momento nos sentiremos alentados a buscar una articulación que hará del curso Alpha algo más que un simple huésped de nuestra página de internet parroquial. Quizás Alpha pueda aportar algo más allá de la serie de veladas, algo que aborde un cierto enfoque de la situación en que nos encontramos en nuestra parroquia, nuestro barrio, etc. Las cosas avanzan por contagio. Esto es lo que pasó en París, donde alrededor de veinte parroquias católicas ofrecen un curso Alpha.
CONCLUSIÓN
En la diócesis de París invité a las parroquias a reflexionar sobre su orientación misionera y sobre la forma en que esta orientación misionera es compartida por la comunidad cristiana, y no solamente por un pequeño núcleo de aficionados. Esta cuestión no solamente concierne, pues, al curso Alpha sino a todos los medios que se echan a andar para efectuar siquiera una pequeña desviación de nuestro dispositivo habitual.
Ya he tenido varias ocasiones de decirlo: la Iglesia debe ser misionera, o ya no será nada en este mundo. Cuando digo esto no estoy pensando en un simple problema de difusión o de reclutamiento, como si debiéramos dedicarnos a llenar nuestras obras y nuestras iglesias. Pienso en la realidad de nuestra fe. Si vivimos la fe primero como un producto de “uso interno” para nuestro propio consuelo, o incluso para el éxito espiritual de nuestra vida, nos exponemos a verla disolverse o apagarse, tal como, por desgracia, lo vemos con demasiada frecuencia.
Nuestra fe no puede ser viva, vivificante y por ende fecunda más que si nuestra comunión con Dios, celebrada en la Iglesia, nos lleva a arriesgarnos a salir al encuentro de los hombres y las mujeres que nos rodean. “Aquel que verdaderamente ha encontrado a Cristo no puede guardarlo para él mismo: ¡debe anunciarlo!” (Juan Pablo II, Novo millenio ineunte, 40, 6 de enero de 2001). ¿Cómo podríamos verdaderamente estar vinculados a Jesucristo y a su Evangelio si no estuviéramos constantemente preocupados por compartir la riqueza que hemos recibido? ¿De qué sirve ser cristianos si nuestra fe no tiene ningún efecto en nuestra vida? Y por “nuestra vida” entiéndase no solamente la existencia personal de cada uno de nosotros sino también la vida de nuestra sociedad y de nuestro mundo.
Cristo no reunió a sus discípulos nada más para mejorar su condición de pescadores del lago de Tiberíades, o su práctica de los mandamientos. Los convocó para ir mar adentro, para avanzar en aguas profundas, y para convertirse en testigos de una buena nueva dirigida a todo el mundo. Si no entramos resueltamente en esta misión de anunciar la Buena Nueva, corremos el riesgo de dejar de creer que es verdaderamente buena y a dejar de ver cuán pertinente es para nosotros mismos. La fe que no se propone o no se comparte es una fe que se seca y que deja de interesar, incluso a los creyentes. El curso Alpha es una de las bellas maneras de invitar a todo el mundo a ir mar adentro.


